El hamman, más que una
necesidad higiénica o una imposición
religiosa, fue, en la España medieval, una
costumbre social, un privilegio para la época
al que todos tuvieron acceso: mujeres y hombres, mayores
y pequeños, ricos y pobres, musulmanes, judíos
y cristianos.
Desde tiempos remotos
ha sido conocido y reconocido el valor del agua y su
relación inseparable con la subsistencia de la
vida; pero, y también desde el principio, todos
los pueblos le supusieron otras utilidades y ventajas.
En los Libros Sagrados de las distintas religiones,
reglamentado a través de ritos o prescripciones,
la recomendación del baño con el preciado
líquido es indicado en ocasiones tan convenientes
para la higiene como tras el uso del matrimonio o cuando
la mujer vive los días del periodo menstrual.
El bautismo cristiano no es más que un ritual
espiritual que simboliza la limpieza del cuerpo como
reflejo de la purificación del alma. Las abluciones
de los musulmanes representan el mismo papel purificador
previo a la comunicación con Dios. Sin olvidar
la importancia purificadora que, aún en nuestros
días, tienen las aguas del río Jordán
para palestinos e israelitas, o las del Ganges para
los hindúes.
Fue el griego Galeno
quien dedujo que no habría nada más purificador
que un baño combinando lo frío y lo caliente,
lo seco y lo húmedo y lo esencial del Cosmos:
tierra, agua, aire y fuego... |